A veces nos sentimos desamparados y ni el diálogo divino parece salvarnos. De aquí vienen las disidencias, pero huir de Dios es quizás querer escapar de sí mismo y de las propias pruebas existenciales. Abrirle nuestra fe y corazón es abrirnos en humildad a todo otro y aceptarnos. Dentro llevamos las llaves de nuestras redenciones y las de otros, fuera el espejo de cuanto construimos.
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