Los salmos 23:1
El Eterno es mi pastor. No me faltará nada. Me hace acostar en la verde hierba. Me conduce junto a las aguas tranquilas. Restaura mi alma. Me guía por sendas de justicia por Su Nombre. Aunque tenga que pasar por un valle tenebroso, no temo mal alguno porque Tú eres conmigo. Tu vara y Tu cayado me alientan. Preparas una mesa delante de mí ante la presencia de mis enemigos. Has ungido mi cabeza con óleo y mi copa desborda. Ciertamente la bondad y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida, y moraré en la casa del Eterno para siempre.
Esa casa es nuestra alma, ser interior puro y auténtico que todo lo sabe, abundante como una mesa puesta de los más ricos manjares, vínculos de hermosas relaciones con todo otro y ahí estamos sanos y curados de todo mal. Ahí somos emisarios divinos y hemos venido a darnos y a compartir con todo otro desde la abundancia y sabiendo que todo es para bien y mejor y que viviremos protegidos para realizar nuestras misiones en esta tierra. La vida cambia y nuestras tareas se adaptan fluyendo desde dentro encontramos los hilos de conexión y tejido, creamos y avanzamos paso a paso en elevación espiritual y amor libres del temor a cualquier carencia pues todo se va reemplazando y la carencia es puente de luz que transforma, aproxima y eleva.
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