Hoy fue el último día en la escuela de italiano en Florencia y estoy bastante triste. Es difícil terminar y regresar a casa. Es difícil comprender el trabajo de unificación de lenguas y arte que me siento empujada a realizar. Es difícil comprender que en clase había un hermano franciscano de Ucrania que llegó tarde a clase porque su familia recibió cerca de su casa bombas y mi rabino en Israel cuando lo llamé desde Florencia llegaba a casa desde un pésame de un soldado caído en guerra, y nosotros en nuestra última clase del curso. La vida es extrema y le buscamos sentido y dirección a pesar de todo. Yo quiero entender si fui al liceo francés porqué estoy en Florencia y no en París, ¿por qué no estoy en Israel? En todas estas lenguas trabajo, pero llegué al italiano de manera extraña y algo más tarde, sin embargo, parece que este lugar me esperaba desde siempre. No tengo ascendencia italiana ni conozco a ningún italiano en México. Al director de la academia parece que lo conozco de toda la vida y no tenemos ninguna relación anterior. Es como si me encargaron con él para el desarrollo de la obra. No hay explicaciones y ahora aquí estoy anclada hasta que la vida diga. Estudio como loca como si todas las respuestas de mi existencia se encontraran en el arte mío y su relación con la poesía en italiano y su haikú en español. No tengo nada que agregar, sólo seguir hasta lo que la vida me deje.
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